Muchas personas creen que el amor se siente como calma inmediata, pero desde la psicología sabemos que lo familiar no siempre es lo sano. A menudo confundimos intensidad con conexión, y ansiedad con amor, porque nuestro sistema de apego busca lo que aprendió, no necesariamente lo que nos hace bien.
Cuando el amor se vive con miedo a perder, necesidad constante de validación o dificultad para poner límites, no es pasión: es activación del sistema de apego. El cuerpo interpreta el vínculo como algo que hay que asegurar para no quedar solo/a. Por eso algunas relaciones se sienten profundas pero desgastantes.
El amor saludable no anula emociones ni evita conflictos, pero se vive desde la seguridad, no desde la supervivencia. No te hace dudar de tu valor, no te obliga a perseguir ni a esconder lo que sientes. Elegir distinto no es falta de química, es madurez emocional.
Sanar el vínculo con otros implica primero revisar cómo aprendiste a amar. Cuando el apego se regula, el amor deja de doler y empieza a sentirse como un lugar donde descansar.